Ruta a pie por Triana: historia, cerámica y flamenco en el barrio más singular de Sevilla
Hay un momento en el que cruzar el puente de Triana deja de ser un trayecto y se convierte en un cambio de estado. A un lado queda el centro histórico de Sevilla, con su catedral y sus calles llenas de turistas; al otro, un barrio que lleva siglos siendo otra cosa: más vecinal, más orgulloso, con una identidad construida a lo largo de generaciones y visible en cada azulejo, cada capilla y cada bar con la radio puesta. Triana no es un escenario pensado para ser visitado. Es un lugar donde la gente vive, y eso se nota.
Desde Flamenco El Real, queremos compartir la ruta que más nos gusta recomendar a quienes nos preguntan cómo llegar al tablao habiendo aprovechado bien el día. No es una ruta de grandes monumentos ni de colas en la taquilla: es un paseo tranquilo por las calles que más cuentan la historia del barrio, con paradas que merecen tiempo y un final a la altura de lo que habrás visto en el camino.
El punto de partida: el puente de Triana
El puente de Isabel II, que todo el mundo llama simplemente el puente de Triana, es mucho más que un paso sobre el Guadalquivir. El puente de Triana se terminó de construir en 1852, lo que permitió una más fácil comunicación entre Triana y Sevilla.Antes de eso, la comunicación entre los dos lados del río dependía de un puente de barcas, flotante e incómodo, que condicionó durante siglos la vida del barrio y le dio esa independencia de carácter que todavía conserva.

El paseo por el puente, con el río abierto a ambos lados y la Giralda recortada contra el cielo al fondo, es uno de esos momentos que Sevilla regala sin avisar. Tómatelo despacio. Cuando llegues al otro lado, Triana empieza.
La Capilla del Carmen: la primera bienvenida del barrio
Nada más cruzar el puente, a la derecha, aparece la Capilla del Carmen. Fue diseñada por el arquitecto Aníbal González y su construcción finalizó en 1928, siendo una de sus últimas obras antes de morir al año siguiente. El mismo Aníbal González que diseñó la Plaza de España: la capillita es de hecho una reproducción de las cúpulas de la Plaza de España, construida en ladrillo visto y cerámica trianera, en colaboración con el ceramista Emilio García García. Su campanario de planta octogonal le ha valido el apodo popular de «el mechero», por su parecido con los antiguos mecheros de yesca.

La capilla vino a sustituir a una anterior, cuya devoción de los vecinos por la Virgen del Carmen llevó al Ayuntamiento a encargar una nueva capilla a Aníbal González cuando la ampliación del puente obligó a derribar la antigua en 1918. Es pequeña y discreta, encajada entre la arquitectura del entorno, y su imagen es para muchos trianeros el primer y último punto de referencia del barrio: el lugar que ven al salir y al volver. No hace falta entrar para que la capilla haga su efecto: basta con detenerse un momento delante de ella para entender que Triana tiene una manera propia de entender lo cotidiano y lo sagrado como una sola cosa.
El Mercado de Triana y el Castillo de San Jorge: historia enterrada bajo el bullicio
Justo después de la capilla está el Mercado de Triana. Es uno de esos mercados que todavía funciona como mercado de verdad, con sus puestos de pescado, fruta o carne, y que al mismo tiempo guarda en su interior algo que la mayoría de los visitantes no espera encontrar: los restos de uno de los lugares más oscuros de la historia de Sevilla.
Bajo el Mercado de Triana se encuentran los restos del Castillo de San Jorge. En 1481, con la llegada de los Reyes Católicos, se instauró en España la Santa Inquisición, y Sevilla fue una de las primeras ciudades en acoger este tribunal, cuya sede se estableció precisamente en el Castillo de San Jorge. La Inquisición operó en el Castillo de San Jorge durante más de 300 años, hasta que en 1785 fue trasladada a otro edificio en Sevilla. En 1823 se instaló en el solar del castillo el Mercado de Triana, que ha seguido en funcionamiento hasta la actualidad con sucesivas reformas.

En 2009 el Ayuntamiento de Sevilla inauguró el proyecto del Castillo de San Jorge, creando un centro de interpretación que aborda tanto las ruinas de la fortaleza como la represión religiosa que se llevó a cabo durante la época de la Inquisición Española. La entrada está en un lateral del propio mercado, y la visita merece la pena aunque solo sea para asomarse a esa contradicción tan sevillana: el bullicio de los puestos de fruta sobre los cimientos de un lugar donde durante siglos ocurrieron cosas que ya nadie quiere recordar.
El Centro Cerámica Triana: el barrio de los azulejos tiene su propio museo
Al salir del mercado por la calle San Jorge, siguiendo recto hasta el final de la misma, donde se Cruza la calle Callao, se llega al Centro Cerámica Triana, en el número 16. El Centro Cerámica Triana nació en 2014 con el objetivo de poner en valor la historia de la tradición alfarera en Triana, y se encuentra ubicado sobre el conjunto alfarero que fue sede de la empresa Cerámica Santa Ana-Rodríguez Díaz, activo desde época bajomedieval y productor de una infinidad de vasijas y azulejos famosos en todo el mundo. La fachada aún conserva el rótulo de la antigua empresa, pintado a la cuerda seca sobre fondo azul.

El Centro Cerámica Triana cuenta con piezas cerámicas ideadas por Aníbal González que decoraron la monumental Plaza de España, así como varios hornos históricos de finales del siglo XIX y principios del XX, el pozo de agua, los depósitos de arcilla y el torno de alfarero. Si has paseado por Sevilla con los ojos abiertos, habrás visto azulejos por todas partes: en fachadas, en bancos, en el zócalo de los bares. Este museo es el lugar donde esa omnipresencia cobra sentido: la cerámica no es decoración en Triana, es memoria.
El Callejón de la Inquisición: el pasado en un nombre
Bajando por la calle Callao se llega al Callejón de la Inquisición, un pasaje estrecho de apenas 35 metros de longitud, cerrado con una cancela de hierro, que conecta la calle Castilla con el Paseo de Nuestra Señora de la O, justo al lado del Castillo de San Jorge. Pero el nombre no es solo una referencia geográfica: a través del Callejón de la Inquisición se conducía a los reos que, o bien iban a la cárcel para ser juzgados, o bien a la hoguera de los condenados por herejes y traidores a la religión católica.
Es uno de esos rincones del barrio que pasan desapercibidos si no sabes lo que llevan encima, y que cambian completamente cuando conoces el contexto. Treinta y cinco metros de adoquines que hoy recorre cualquiera camino del río, y que durante más de tres siglos fueron el último trayecto de muchas personas que no volvieron.
El río desde abajo: el Paseo de Nuestra Señora de la O y la calle Betis
Al salir del callejón llegas al Paseo de Nuestra Señora de la O. Al bajar puedes girar hacia la izquierda, con un paseo de adoquines muy cercano al río y con una gran cantidad de árboles, también hay bares donde parar a tomar algo y disfrutar de las vistas.

Siguiendo el paseo en dirección contraria, se pasa por debajo del Puente de Triana, y se acaba subiendo a la calle Betis, la arteria más fotogénica del barrio. Betis corre paralela al río, y desde su acera el panorama de Sevilla al otro lado del Guadalquivir es el que aparece en todas las postales: la Torre del Oro, el perfil del casco antiguo, los puentes. Lo que las postales no capturan es el ruido de los bares con la puerta abierta, el grupo de vecinos en la terraza, la sensación de que esto no es un decorado sino un barrio de verdad donde alguien lleva viviendo toda su vida.
La Parroquia de Santa Ana: la catedral que Triana nunca necesitó compartir
Siguiendo por la calle Betis hasta la calle Duarte, un pequeño callejón a la derecha, llegamos directo a la Parroquia de Santa Ana, conocida por todos en el barrio como la catedral de Triana. El nombre no es una exageración: la construcción de la iglesia se remonta al año 1266 durante la regencia de Alfonso X. El motivo por el que se alzó fue, según reza una inscripción en un muro, la curación de una enfermedad ocular del rey por parte de un milagro de Santa Ana.

La iglesia de Santa Ana está declarada bien de interés cultural y fue catalogada como monumento en 1931. El templo es popularmente considerado como la «catedral de Triana». Y lo es en un sentido muy literal: durante siglos, la iglesia de Santa Ana fue a Triana lo que la catedral era a Sevilla. Hasta el siglo XIX era destino de la estación de penitencia de las hermandades del barrio de Triana que procesionaban en Semana Santa. La razón era sencilla: el puente de barcas que unía Triana con Sevilla no permitía el paso de procesiones, y Santa Ana era, por tanto, la catedral posible.
La iglesia está en la calle Pureza, y su fachada aparece de pronto entre las casas como algo que no termina de caber en el espacio que le han dejado. Es la iglesia más antigua de Sevilla, y Triana lo sabe y lo cuida.
El regreso por San Jacinto y el final en Flamenco El Real
Desde Santa Ana, la vuelta se hace por la propia calle Pureza, que sube suavemente hasta la calle San Jacinto, la arteria comercial del barrio. San Jacinto es la calle más típica y conocida de Triana, y una buena zona para disfrutar de su gastronomía.
Subiendo por la calle, dejando atrás la Plaza del Altozano y el puente, llegamos a la calle Páges del Corro. Girando a la derecha y caminando unos pocos metros, llegas a Flamenco El Real. Has recorrido el barrio que le da el contexto a lo que vas a ver: el mismo barrio que durante siglos fue cuna de cantaores, guitarristas y bailaores, el mismo que exportó al mundo la cerámica que recubre la Plaza de España, el mismo que guarda bajo su mercado más popular las ruinas de uno de los episodios más oscuros de la historia española. Todo eso está en las calles por las que acabas de pasar.
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